sábado, 7 de enero de 2017

El Zodíaco y su Antiguedad

EL ZODIACO Y SU ANTIGÜEDAD (I)

"Todos los hombres son propensos a tener un gran concepto de su propio entendimiento y a ser tenaces en las opiniones que profesan" dice con razón Jordano, y añade: "Y sin embargo, todos los hombres se guían por el entendimiento de otros, no por el suyo propio; y puede decirse en verdad que más bien adoptan que conciben sus opiniones".

Esto es doblemente cierto respecto de las opiniones científicas sobre hipótesis presentadas a su consideración, decidiendo a menudo el prejuicio y la opinión preconcebida de las llamadas “autoridades” sobre cuestiones de la mayor importancia vital para la historia. 

Hay varias de tales opiniones predeterminadas sostenidas por nuestros sabios orientalistas, y pocas son tan injustas e ilógicas como el error general con respecto a la antigüedad del Zodíaco.

El tema favorito de algunos orientalistas alemanes, sanscritistas americanos e ingleses han aceptado la opinión del profesor Weber de que los pueblos de la India no tenían idea ni conocimiento del Zodíaco anterior a la invasión de los macedonios, y que los antiguos indos lo importaron a su país tomándolo de los griegos.


Se nos dice además, por otras “autoridades”, que ninguna nación oriental conocía el Zodíaco hasta que los helenos tuvieron a bien participar amablemente su invención a sus vecinos. Y esto lo dicen a la faz del Libro de Job, que hasta ellos mismos declaran ser el más antiguo del canon hebreo y ciertamente anterior a Moisés; libro que habla de la hechura de “Arcturo, Orión y las Pléyades (Osh, Kesil y Kimah) y de las cámaras del Sur”; de Scorpio y el Mazaruth: los doce signos; palabras que, si algo significan, implican el conocimiento del Zodíaco hasta entre las tribus nómadas árabes.

Se dice que el Libro de Job precedió a Homero y a Hesiodo por lo menos mil años, habiendo florecido los dos poetas griegos sobre ocho siglos antes de la Era Cristiana. Y dicho sea de paso, el que prefiriese creer a Platón -que muestra a Homero floreciendo mucho antes- podría señalar un cierto número de signos del Zodíaco en la Ilíada y en la Odisea, en los poemas órficos y en otras partes. Pero dada la disparatada hipótesis impuesta por algunos críticos modernos de que ningún Orfeo, ni Homero o Hesiodo han existido nunca, sería tiempo perdido mencionar para nada a aquellos autores arcaicos.

Bastará el Job árabe; a menos, en efecto, que su volumen de lamentaciones, juntamente con los poemas de los dos griegos, a los que podemos añadir los de Lino, se declare ahora que son una falsificación patriótica del judío Aristóbulo.

Pero si el Zodíaco era conocido en los días de Job, ¿cómo podían ignorarlo los civilizados y filósofos indos?Arriesgando las flechas de la crítica moderna -que se hallan más bien embotadas a causa del mal uso-, puede el lector enterarse de la sabia opinión de Bailly sobre el asunto. Las deducciones pueden resultar erróneas, pero los cálculos matemáticos se basan en cimientos más seguros, tomando como punto de partida varias referencias astronómicas de Job, Bailly ideó un modo muy ingenioso de probar que los primeros fundadores de la ciencia del Zodíaco pertenecían a un pueblo antediluviano, primitivo.

Aceptando su fecha circunspecta de 3.700 años antes de Cristo como verdadera edad de la Ciencia Zodiacal, esta fecha prueba del modo más irrefutable que no fueron los griegos los que inventaron el Zodíaco, por la sencilla razón de que no existían como raza histórica admitida por los críticos.

EL ZODIACO Y SU ANTIGÜEDAD (II)

Bailly calculó el período en que las constelaciones manifiestan la influencia atmosférica llamada por Job “las dulces influencias de las Pléyades”, Kimah en hebreo; la de Orión, Kesil; y la de las lluvias del desierto con referencia a Escorpión, la constelación octava; y llegó a la conclusión de que en presencia de la eterna conformidad de estas divisiones del Zodíaco, y los nombres de los planetas aplicados en todas partes y siempre con el mismo orden, y dada la imposibilidad de atribuirlo todo a la casualidad y a la “coincidencia que nunca crea semejantes parecidos”, tiene que concederse al Zodíaco una antigüedad verdaderamente muy grande.


Si se supone que la Biblia es una autoridad en cualquier materia, algunos la consideran aún como tal, sea por consideraciones cristianas o kabalísticas, entonces el Zodíaco se halla claramente mencionado en II, Reyes XXIII.

Antes que el “libro de la ley” fuese “encontrado” por Hilkiah, el sumo sacerdote, los signos del Zodíaco eran conocidos y adorados. Se les rendía el mismo culto que al Sol y a la Luna, puesto que los sacerdotes, a quienes los reyes de Judah habían ordenado quemar inciensos... a Baal, al sol, a la luna, a los planetas, y a toda la hueste del cielo o a los “doce signos o constelaciones”, como lo explica la nota al margen de la Biblia inglesa, siguieron el mandato durante siglos. Ellos cesaron en su idolatría obligados por el rey Josías, 624 años antes de Cristo.

El Antiguo Testamento está lleno de alusiones a los doce signos zodiacales, y todo el plan está basado sobre él: héroes, personajes y acontecimientos. Así el sueño de José, que vio once “Estrellas” inclinándose ante la duodécima, que era su “Estrella”, se refiere al Zodíaco. Los católicos romanos han descubierto en ello además, una profecía de Cristo, que es aquella duodécima Estrella -dicen-, y las otras los once Apóstoles; siendo considerada también la ausencia de la duodécima como una alusión profética a la traición de Judas.
También los doce hijos de Jacob se refieren a lo mismo, como lo hace observar acertadamente Villapandus. James Malcolm, en su History of Persia, muestra al Dabistan, haciéndose eco de todas estas tradiciones sobre el Zodíaco. Asigna él su invención a los días florecientes de la Edad de Oro del Irán, y observa que una de dichas tradiciones sostiene que los Genios de los Planetas están representados bajo las mismas formas y figuras que asumieron cuando se mostraron ellos mismos a varios santos profetas, lo que condujo al establecimiento de los ritos basados sobre el Zodíaco.

Pitágoras, y después de él Filo Judeo, tenían al número 12 por muy sagrado. Este número doce es perfecto. Es el de los signos del Zodíaco, que el sol visita en doce meses; y para honrar ese número Moisés dividió su nación en doce tribus, estableció los doce panes de proposición, y puso doce piedras preciosas en el pectoral de los Pontífices.

Según Séneca, el caldeo Beroso profetizaba los sucesos y cataclismos futuros por medio del Zodíaco; y las épocas fijadas por él para la conflagración del Mundo -Pralaya- y para un diluvio, se ve que corresponden a las que se dan en un antiguo papiro egipcio. Semejante catástrofe tiene lugar a cada renovación del ciclo del Año Sideral de 25.868 años.

Los nombres de los meses accadianos se derivaban y eran tomados de los nombres de los signos del Zodíaco, y los accadios son mucho más antiguos que los caldeos. Mr. Proctor muestra en su Myths and Marvels of Astronomy, que los antiguos astrónomos poseían un sistema de astronomía de los más exactos 2.400 años antes de Cristo; los indos datan su Kali Yuga de una gran conjunción periódica de los Planetas, treinta y un siglos antes de Cristo.

EL ZODIACO Y SU ANTIGÜEDAD (III)

En Bharat (India) existen hoy día registros antiguos que apuntan a un desarrollado conocimiento de la Astrología en 6.500 años a.C., y manuscritos reales muestran que fueron escritos cerca del 3.700 a.C. Algunos originales han sido destruidos o están perdidos, pero copias de estos hechas por astrólogos pueden encontrarse en las bibliotecas de los Maharajáes y en algunos estados en Bharat.
Uno de los más antiguos autores de Astrología Védica, copias de cuyos trabajos no han sido encontrados, es Pita Maha quien escribió un tratado llamado Pita Maha Siddhanta. Vivió y escribió este libro cerca del 3.000 a.C., quinientos años después otro escritor llamado Vashishttha escribió varios libros de astrología, astronomía y filosofía.

Se ha demostrado que los antiguos hindúes comprendieron la precesión de los equinoccios y calcularon que este (un ciclo completo) se lleva a cabo cada 25.870 años. La observación y precisión matemática necesaria para establecer dicha teoría ha sido la maravilla y admiración de los astrónomos modernos. Ellos, con su conocimiento moderno e instrumentos actuales siguen discutiendo si la precesión se realiza cada 25.870 años o cada 24.500 años. La mayoría cree que los hindúes no se equivocaron, pero como llegaron a dicho cálculo es un gran misterio, como el mismo origen.

Al principio del reino de Nabucodonosor, rey de Babilonia, cerca de la época en que los etíopes, bajo Sabacon, invadieron Egipto (751 a.C.), los egipcios que huyeron de él hacia Babilonia, llevaron consigo el año egipcio de 365 días y el estudio de la Astronomía y la Astrología y cimentaron la era de Nabucodonosor, fechándola a partir del primer año de su reinado en 747 a.C., comenzando el año en el mismo día con los egipcios gracias a sus cálculos. Diódoro dice: “dicen que los caldeos en Babilonia, siendo colonia de los egipcios, se volvieron famosos en Astrología, habiéndola aprehendido de los sacerdotes de Egipto” (Citado en el Prefacio al Tetrabilblos de Ptolomeo por J.M. Ashmand).

Issac Newton dice: “La práctica de observar las estrellas comenzó en Egipto en los días de Amón, y se propagó a partir de entonces, en el reino de su hijo Sesac, a África, Europa y Asia, mediante la conquista. Y entonces Atlas formó la esfera de los libios (956 a.C.), y Quirón la de los griegos (939 a.C.); y los Caldeos hicieron también una esfera propia. Pero la Astrología fue iniciada por Nicepsos en Egipto, y Petosiris su sacerdote, un poco antes de los días de Sabacon, y se propagó entonces a Caldea, donde Zaratustra, el legislador de los magos la conoció, así Paulinos dice: “Quique magos docuit mysteria vana Necepsos”.

El secreto de la Astrología constituye una característica principal en las doctrinas de los magos persas; y más adelante aparece en la Cronología de Newton, p. 347, que Zaratustra (aunque la época de su vida ha sido asignada equivocadamente a varios períodos más remotos), vivió en el reino de Darío Histapis, cerca del 520 a.C., y ayudó a Histaspis el padre de Darío, a reformar a los magos, de quienes Histaspis fue maestro. Newton agrega en la p. 352 que “cerca de la misma época con Histaspis y Zaratustra, también vivió Ostanes, otro eminente mago. Plinio lo coloca bajo Darío Histapis, y Suidas lo hace el seguidor de Zaratustra, llegó a Grecia con Xerxes cerca del 480 a.C., y parece ser el Otanes de Heredoto. En su libro, llamado el Octateuco, enseñó la misma doctrina de las deidades como Zaratustra”.


EL ZODIACO Y SU ANTIGÜEDAD (IV)

Ya sea ario o egipcio, el origen del Zodíaco es sin embargo de una antigüedad inmensa. Simplicio, en el siglo VI de Cristo, escribe que siempre había oído que los egipcios habían conservado observaciones y anales astronómicos durante un período de 630.000 años. Esta declaración parece asustar a Gerald Massey, quien sobre este particular observa que: Si interpretamos este número de años por el mes que los egipcios llamaban año según dice Euxodo, o sea un curso de tiempo, esto daría aún la duración de dos ciclos de precesión (51.736 años).

Diógenes Laertius hacía remontar los cálculos astronómicos de los egipcios a 48.863 años antes de Alejandro el Grande. Martiano Capella corrobora esto diciendo a la posteridad que los egipcios habían estudiado secretamente la astronomía por más de 40.000 años, antes de que comunicaran sus conocimientos al mundo.

En Natural Génesis se hacen algunas citas valiosas con el objeto de apoyar las teorías del autor, por ejemplo, se hace la cita siguiente de la Vida de Sulla de Plutarco:
“Un día que el firmamento estaba sereno y claro, se oyó en el sonido de una trompeta, tan fuerte, agudo y melancólico, que llenó de espanto y de asombro al mundo. Los sabios toscanos dijeron que presagiaba una raza nueva de hombres, y una renovación del mundo; pues aseguraban que había ocho clases distintas de hombres, todos diferentes en vida y costumbres; y que el Cielo les había señalado a cada uno su tiempo, que estaba limitado por el círculo del gran año” (25.868 años).

Esto recuerda mucho nuestras Siete Razas de hombres, y la octava, el “hombre animal”, descendiente de la última Tercera Raza; así como también la sucesiva sumersión y destrucción de los continentes que por fin concluyeron con casi toda aquella Raza.

Jámblico dice: No solamente han conservado los asirios los anales de sus veintisiete miríadas de años (270.000 años) como dice Hiparco, sino también todos los apocatástasis y períodos de los Siete Regentes del Mundo. Esto se aproxima en cuanto es posible al cálculo de la doctrina esotérica. Porque se conceden 1.000.000 de años a nuestra Raza Raíz actual (la Quinta), y sobre 850.000 años han pasado desde la sumersión de la última gran isla que formaba parte del continente de los Atlantes, la Ruta de la Cuarta Raza, los Atlantes; mientras que Daitya, pequeña isla habitada por una raza mixta, fue destruida hace unos 270.000 años durante el Período Glacial o en su proximidad.

Pero los Siete Regentes, o las siete grandes Dinastías de los Reyes Divinos, pertenecen a la tradición de todo gran pueblo de la antigüedad. Siempre que se menciona el doce, se refiere invariablemente, a los doce signos del Zodíaco.

Tan patente es este hecho, que los escritores católico romanos, especialmente los ultramontanos franceses, han acordado tácitamente relacionar los doce Patriarcas Judíos con los signos del Zodíaco. Esto se hace de un modo profético-místico que suena a los oídos piadosos e ignorantes como una prueba portentosa, un reconocimiento tácito divino del “pueblo escogido por Dios”, cuyo dedo ha trazado intencionalmente en el cielo, desde el principio de la creación, el número de estos patriarcas.

Es bastante curioso que estos escritores, entre ellos De Mirville, reconozcan todas las características de los doce signos del Zodíaco en las palabras dirigidas por el moribundo Jacob a sus hijos, y en sus definiciones del futuro de cada tribu. Además, las banderas respectivas de las mismas tribus, se dice que han exhibido los mismos símbolos y los mismos nombres que los signos, repetido en las doce piedras del Urim y Thummim, y en las doce alas de los dos Querubines.

Dejando a los referidos místicos la prueba de la exactitud de la supuesta correspondencia, nos concretamos a citarla como sigue:

El Hombre, o Acuario, está en la esfera de Rubén, que se declara tan “inestable como el agua” (la Vulgata, dice: corriendo como el agua”); Géminis, en la de Simeón y Leví, a causa de su estrecha asociación fraternal; Leo, en la de Judá, “el León fuerte” de su tribu, “el cachorro del León”; Piscis, en la de Zabulón, que “morará al abrigo del mar”; Tauro, en la de Issachar, por ser “un asno fuerte descansando”, y por tanto asociado a los establos; Virgo-Escorpión, en la de Dan, que está descrito como “una serpiente, una culebra que muerde en el sendero”; Capricornio, en la de Naphtalí, que es “una cierva (venado) en libertad”; Cáncer, en la de Benjamín, porque es “voraz”; Libra, la Balanza, en la de Aser, cuyo “pan será nutritivo”; Sagitario, en la de José, porque “su arco pronostica la fuerza”. Por último, para el duodécimo signo, Virgo, independiente de Escorpión, tenemos a Dinah, la hija única de Jacob.

La tradición muestra a las supuestas tribus llevando los doce signos en sus estandartes. Pero en efecto, además de lo dicho, la Biblia está llena de símbolos y personificaciones teo-cosmológicos y astronómicos.

Fuente: La Doctrina Secreta Vol. II
http://constelaciones-estrella.blogspot.com.es/2016/12/el-zodiaco-y-su-antiguedad-i.html

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